domingo, 27 de septiembre de 2009

¿Y a mi, quien me da un abrazo?

De repente la fortaleza se desmorona. Echo de menos. Echo de menos y es inevitable. Y creo que va a salir un arcoiris, un arcoiris causado por la felicidad y la tristeza fundidas en uno. Un arcoiris de sentimientos. Necesito un abrazo que nadie me puede dar, el calor de las personas que están lejos. Necesito aceptar que el ayer solo es un recuerdo. Necesito crecer, y hacerme fuerte de verdad, y no necesitar de nadie, y despegar, y volar, pero no puedo. No puedo porque soy pequeña, insegura, frágil, débil. No puedo porque en el fondo dependo de muchas cosas.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Nuevas experiencias

Echo de menos. Echo de menos el entenderme con una mirada. Echo de menos el no tener que dar explicaciones de porque hago tal o cual cosa. Echo de menos el estar con gente que sin palabras es capaz de hacerme sentir especial. Las echo de menos y no puedo evitarlo. No estoy triste, pero quizás tampoco estoy feliz. Necesito un abrazo de esos que se dan solo mirando. Necesito un beso, una sonrisa sincera, de esos que me gustan porque me los están dando a mí. Y siento que si yo soy un mapa del mundo, a penas conocen una ciudad. Me siento bien, siento que estoy rodeada de gente con virtudes y defectos, como todos, pero con una gran simpatía, pero al mismo tiempo siento que no soy yo, o que no soy yo al 100%. Siento que cuando saludan, saludan a una desconocida y no puedo hacer nada por evitarlo. Más mía, menos de los demás. Y siento la necesidad de que pase el tiempo para ver a todas esas personas, a las que siempre han sido esenciales y a las que ahora lo son. Pero junto a todos estos sentimientos, también me siento bien cada vez que entro en clase, cada vez que me meto en la piel de alguien que no soy yo. Cada vez que conozco a gente que comparte un poco mi manera de ver la vida y mis sueños. Confieso algo. Me daría miedo tener que interpretar a Cris. Quizás porque me asustaría conocer cosas de mi misma que desconozco. En cambio, me encanta observar. Me encanta observar cada movimiento. Tratar de comprender cada paso ajeno y crear una historia, una historia que quizás no sea real, pero... historia al fin y al cabo.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Nervios. Estrés. Nervios.


Estoy nerviosa. Nerviosa de verdad. Y es que las cosas que no te asustaban, de repente se acercan, se plantan ante tus ojos y lo que parecía un perro inocente se convierte en un lobo con cara de hambriento. Miedo a lo desconocido y a la vez ganas de conocer, de experimentar esa sensación al levantarte de no saber lo que va a ocurrir, de salirte de la rutina, de que no sepan lo que vas a hacer antes de que lo hagas, de que no te entiendan sin hablar. De que no te juzguen de antemano, porque no saben nada de ti. Empezar de cero. Empezar a escribir otro capítulo del libro. Un capítulo que no tiene nada que ver con el anterior. Y dejar atras muchas cosas que siempre estuvieron ahí sin que tú les dieras importancia. De repente parece que la misma ciudad de siempre, se tiñe un poco más de colores. Sale el sol, brillan las hojas de los arboles, brilla el mar. Ese mar que ya no podrás mirar con tanta frecuencia. Y en cada centimetro hay un recuerdo. Los columpios, las flores, las terrazas, las calles, absolutamente todo, hasta ese cubo de basura que veo cada mañana enfrente de la puerta de casa. Y te apetecería tener los brazos tan grandes que pudieras abrazarlo todo a la vez y decir "te echaré de menos" pero en realidad no te gustan los abrazos, ni las despedidas. Uno no necesita despedirse cuando no se irá del todo, ¿o sí? En realidad, solo necesito una ultima mirada, una ultima sonrisa, una sonrisa que se quede grabada, que se venga conmigo, que deje claro que algunas cosas no se pierden nunca. Una sonrisa que sea capaz de recoger cuando solo tenga ganas de llorar.

martes, 15 de septiembre de 2009

¿Y si no hay tiempo?

Si fuera más guapa y un poco más lista, si fuera especial, si fuera de revista, tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarte quién eres. Te sientas en frente y no te imaginas que llevo por tí mi falda más bonita, y al verte lanzar un bostezo al cristal se inundan mis pupilas. De pronto me miras, te miro y suspiras, yo cierro los ojos, tú apartas la vista, a penas respiro me hago pequeñita y me pongo a temblar. Así pasan los días de lunes a viernes, como las golondrinas del poema de becker, estación a estación, en frente tú y yo, va y viene el silencio (...) A penas respiro, me hago pequeñita y me pongo a temblar. Y entonces ocurre, despiertan mis labios, pronuncian tu nombre tartamudeando, supongo que piensas "¡Que chica más tonta! " y me quiero morir. Pero el tiempo se para, te acercas diciendo "Yo aún no te conozco y ya te echaba de menos", cada mañana rechazo el directo y elijo este tren. Y ya estamos llegando, mi vida ha cambiado, un día especial este 11 de marzo, me tomas la mano, llegamos a un tunel que apaga la luz. Te encuentro la cara gracias a mis manos, me vuelvo valiente y te beso en los labios, dices que me quieres y yo te regalo el ultimo soplo de mi corazón.


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A veces tengo miedo de que me pase como a la chica del tren. De que cuando me decida a saltar al vacío ya no pueda volar. De que se me acabe el tiempo para todo o para nada. Tengo la sensación de que no aprobecho al máximo. De que no hago siempre lo que quiero, o lo que siento, porque estoy demasiado preocupada pensando en qué es lo que debo hacer, en qué pasará si hago tal o cual cosa, en que quizás meta la pata. Cada vez tengo más miedo a decir "te quiero", más miedo a decirlo y dejar de querer, más miedo a sufrir, pero sobre todo más miedo a decepcionar, a hacer daño.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Echarles de menos


Siempre soñé con el momento que estoy viviendo, con el momento de dejar mi pequeña ciudad e irme a la capital, con el momento de salir del cascarón, de empezar a valerme más por mí misma, de comenzar una nueva vida desde cero, dedicandome a lo que de verdad me quiero dedicar, consiguiendo objetivos, alcanzando metas. Y sin embargo, ahora que llega ese momento me encantaría poder detener el tiempo, que no existiese ese ultimo minuto, que los días no terminasen, no dormir, aprobechar cada segundo... hartarme de todo el mundo para no echar de menos. Y tengo tanto miedo, tanto miedo del futuro desconocido que me espera, que me entran ganas de volver a meterme en la burbuja, de elegir el camino fácil. Pensé que jamás dependería de nadie, que el cariño no sería nunca suficiente como para que pudiese afectar a mis emociones y... simplemente, me doy cuenta de que echaré tanto de menos a tantas personas. No solo a ellos, a mis padres, que comparten casi todo conmigo, sino a ellas, a mis nenys, que me sacan de quicio y al mismo tiempo me hacen tan feliz, que me enervan pero que me conocen tan bien que basta una mirada para que comprendan qué es lo que necesito. No quiero que pasen los días y al mismo tiempo me encantaría poder acelerar el relog y que ya sea Noviembre.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Espiral


Los días pasan y cada vez me siento más dentro de una espiral, de una espiral de la que intento huir, sin conseguirlo. De una espiral que me atrapa, que me da vueltas, que no me deja salir. Y me da miedo esa espiral. Me da miedo llegar al centro de nuevo. Cada vez, es mayor el miedo. Cada vez se hacen más vivos los recuerdos de aquellos años atrás, y todo porque no me dejan olvidar. Cada vez me siento más culpable cuando le oigo decir que sobra o que está solo. ¿Y yo? ¿No soy capaz de darle compañía? Y la veo a ella. Y veo como sufre, y como calla. Y la admiro. La admiro por lo fácil que me salen a mi las lágrimas. Por lo que me cuesta disimular mis sentimientos, y lo bien que lo hace ella. Y a veces, solo a veces, también siento que se acabo. Que por una vez cumplirán su promesa de no volver a discutir por el tema. De no volver a hablar de ello. Pero... me siento ilusa, siento que me estoy engañando a mi misma. Siento que nunca habrá una ultima vez, porque es una espiral, porque volverá a haber otra ocasión, volverá a salir el tema, volveremos a no saber evitarlo. Porque ni tan siquiera yo soy capaz de entender, de aceptar porque las cosas son como son. Y porque me sigo sintiendo culpable, por mucho que ellos repitan constantemente que no fue mi culpa. Me sigo arrepintiendo de haber dejado salir a mis palabras cuando yo era capaz de controlarlas...

Historias. Summer love.

Fugacidad. Esa era la palabra que mejor definía nuestra historia, o nuestro amor. No tengo muy claro lo que es el amor. Pero lo que sí que tengo claro, es que su olor, su aroma, no se va de mi cabeza ni un minuto desde la ultima vez que nos vimos. Al igual que su sonrisa. Su sonrisa, que está grabada en mi y que nunca olvidaré. Esa ultima vez que me sonrió, y la primera, y cada una de sus sonrisas, todas tan mágicas, todas tan suyas, todas tan nuestras. Hace días que se ha ido, y sin embargo, sigue estando conmigo. No le olvido, no dejo de pensar en él, en sus besos, en los primeros días que me miraba, pero no quería darme cuenta de que me estaba mirando a mí, de como agachaba la cabeza nerviosa, avergonzada, de como me iba sin mirarle a los ojos. Cuantas oportunidades desaprobeche, y cómo me arrepiento ahora, ahora que daría lo que fuera por poder besarle otra vez, tirarle al suelo, tumbarme a su lado y estar así, uno al lado del otro durante toda la noche. Soñando despiertos, o dormidos, pero juntos. Pero esto es lo peor del verano. Del verano y de la vida. Que se acaba. Por eso he aprendido que cada vez que pasa el tren, hay que subirse. Porque quizás no vuelva a pasar. O cuando pase, quizás los asientos ya no sean de clase preferente y pasen a ser de clase turista. Y ahora yo le echo de menos. Y no puedo pensar en otra cosa. Esa primera mañana. Una mañana más. Mirando el sol, desde la arena. Y de repente, otro sol brilló con más fuerza. Él. Y se acercó. Y yo me alejé. Como hago siempre. Huyendo de mis miedos y de mis inseguridades huí de él. Ahora me doy cuenta de que fue una tontería. Pero no me importa. No me importa porque aunque fueran pocos, cada minuto con él viví más intensamente de lo que había vivido nunca. Una vez leí una historia que decía que las vidas de las personas no deberían medirse por años respirando, sino por segundos sonriendo. A su lado, crecí de repente, me hice adulta. Puede resultar ridiculo, absurdo, patético, vergonzoso, pero no me importa. No me importa lo que parezca. Ahora sé que le quiero. Pero también sé que a lo largo de nuestra vida no queremos solo a una persona. Y no le voy a echar de menos. Me he propuesto no echarle de menos. También me propuse no quererle y... mira, le quiero. Pero da igual. Mejor no me propongo nada. Mejor se lo dejo al destino. Que sea el mismo destino que hizo que nuestras miradas se cruzaran por primera vez, el que haga que nos volvamos a encontrar, o quizás que nos olvidemos. Puede que lo bonito de los amores de verano sea precisamente su principal característica, esa fugacidad. Y yo ahora solo quiero seguir pensando en él pero seguir viviendo al mismo tiempo, y no olvidarle, pero dejar de recordar.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Fin de semana


El tiempo corre. Pasa deprisa. Sonries, pero no eres consciente de como se van agotando los minutos. Y solo queda por caer un granito de arena, el ultimo. Y si pasase en ese momento una estrella fugaz, lo primero que se te pasaría por la cabeza sería un "que no se termine este momento". Supongo que esa es la mejor descripción que puedo dar del fin de semana. Porque no era tan importante el lugar, el qué, o el cómo. Lo importante era ese olor a felicidad, esa fragancia que no se fue en ningún momento y esa sensación de que no era necesario pensar en nada más.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Confusión

A veces, durante algunos momentos, no le temes a nada. Caminas de frente, como tiene que ser, sin pensar demasiado las cosas. Pero de repente llegas a un cruce de caminos y entonces te das cuenta de que tienes que volver a elegir hacia qué lado girar. A veces en la vida también metes la pata. Y aquellos que de verdad te quieren te perdonan. Y sientes la necesidad de llorar, de llorar porque no te mereces todo ese cariño, ni toda esa compresión. Y entonces te empiezas a preguntar sobre cómo y de qué manera quieres tú. Y no terminas de encontrar respuestas, o quizás el miedo y la inseguridad hacen que no aparezcan esas respuestas, que permanezcan escondidas, asustadas. Y sientes eso, confusión. Y más confusión. Sentimientos que se juntan, sentimientos que se agolpan, sentimientos que se enredan y que no se dejan ver...

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Veronika decide morir

-Tengo una hija de tu edad. Cuando llegaste aquí, llena de sueros y tubos, me puse a pensar porqué una chica bonita, jóven, que tiene una vida por delante, había decidido quitarse la vida. Pronto comenzaron a correr historias: la carta que dejaste (y que nunca creí que fuera el verdadero motivo) y los días contados por causa de un problema incurable del corazón. No podía apartar de mi mente la imágen de mi hija: ¿Y si ella decidía hacer algo parecido? ¿Por qué ciertas personas intentan ir en contra del orden natural de la vida, que es luchar para sobrevivir de cualquier manera?
-Por eso estaba llorando-dijo Veronika. -Cuando tomé las pastillas yo quería matar a alguien que detestaba. No sabía que existían dentro de mí otras Veronikas a las que yo sabría amar.
-¿Qué es lo que hace que una persona se odie a sí misma?
-Quizás la cobardía. O el eterno miedo de equivocarse, de no hacer lo que otros esperan. Hace algunos minutos yo estaba alegre, había olvidado mi sentencia de muerte; cuando volví a entender la situación en la que me encuentro, me asusté.

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-Voy a morir. - prosiguió Veronika, con la esperanza de que sus palabras tuvieran sentido-. La muerte rozó hoy mi rostro con sus alas y llamará a mi puerta mañana, o pasado mañana. Es preferible que no te acostumbres a escuchar un piano todas las noches. Nadie puede acostumbrarse a nada, Eduard. Fíjate: Yo estaba volviendo a apreciar el sol, las montañas y hasta a aceptar los problemas; estaba aceptando incluso que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie más que de mí misma. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas sencillas y banales que forman parte de lo cotidiano y dan sabot a la existencia. Si algún día pudiese salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo es. Y peores son aquellos que no saben que lo son, porque pasan su vida repitiendo constantemente lo que otros les mandan. Pero nada de eso es posible, ¿has entendido? Del mismo modo que tú no puedes pasar el día entero esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque eso se acabará muy pronto. Mi mundo y el tuyo han llegado al final.


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-¿Cuanto tiempo me queda?- repitió Veronika, mientras la enfermera le aplicaba la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizás menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios, pero mantuvo el control.
-Quiero pedirle dos favores. El primero que me de un remedio, una inyección, sea lo que sea, pero que me mantenga despierta hasta entonces para aprobechar cada minuto que me queda de vida. Tengo mucho sueño, pero no quiero dormir, tengo mucho que hacer, cosas que siempre dejé para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna. Cosas por las que perdí el interés cuando empecé a pensar que la vida no valía la pena.
-¿Y su segunda petición?
-Salir de aquí y morir fuera. Tengo que subir al castillo de Ljubljana, que siempre estuvo allí y yo nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Tengo que hablar con la mujer que vende castañas en invierno y flores en primavera, cuántas veces nos hemos cruzado y sin embargo no la he preguntado nunca como se encontraba. Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el frio intenso, yo, que siempre iba bien abrigada por el miedo a coger un resfriado. En fin, doctor Igor, tengo que sentir la lluvia en mi rostro, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés a los que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la quiero, llorar en su pecho, sin vergúenza de mostrar mis sentimientos, porque siempre los tuve, pero los escondía. Quizás entre en la iglesia, mire aquellas imágenes que nunca me dijeron nada y terminen diciendome algo. Si un hombre interesante me convida a ir a bailar, bailaré la noche entera hasta caer exhausta. Despúes me acostaré con él, pero no de la manera como me fuí con los otros, unas veces intentando mantener el control, otras fingiendo cosas que no sentía. Quiero entregarme a un hombre, a la vida, a la ciudad y finalmente a la muerte.

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A veces un libro cambia tu manera de ver la vida. Siempre pensamos que los suicidas son personas con un pasado trágico, personas a las que les han pasado muchas "cosas malas". Sin embargo, yo creo que una persona quiere morir solamente cuando cree que no puede hacer nada más, cuando pierde los objetivos, cuando no tiene un motivo por el que luchar, cuando deja de hacer lo que quiere, cuando tiene demasiado miedo como para permitirse tener sentimientos. A veces nos sentimos muertos por dentro, y basta con levantar la vista para darnos cuenta de todo lo que nos queda por hacer, de como el futuro nos espera a la vuelta de la esquina. Uno nunca valora lo que tiene hasta que lo pierde, frase celébre muy cierta. Por eso quiero proponerme actuar sin pensar en el qué dirán, ser un poco "loca", no planear cada segundo, dejar un poquito a la incoherencia, a la improvisación, al deseo. Vivir un poco más, entendiendo por vivir a reirse de uno mismo, de la vida, a ser Tú al 100%, y no al 75%, a no esconderte tras las facetas que te hacen fuerte, a ser frágil y estar orgulloso de ello, a decir "te quiero" sin importar la respuesta. Resumiendo, a obedecer a tu corazón, a escucharle para que no se sienta muerto, para que tenga ganas de seguir latiendo... porque cada latido es un nuevo color, una nueva sonrisa y un nuevo sentimiento.

martes, 1 de septiembre de 2009

Recordando...

Dicen que el pasado solo son recuerdos, pero a veces esos recuerdos te persiguen, y por más que intentes librarte de ellos, dejar que sean eso, recuerdos, están a la vuelta de cada una de las esquinas. No puedo soportar esos recuerdos, no puedo evitar que me hagan daño aunque ya debería de estar acostumbrada a ese tipo de dolor. Me encantaría poder cerrar los ojos y que cuando me despertase descubriese que solo había sido una pesadilla. Pero por desgracia no puede ser así. Quizás la mejor opción es cerrar los ojos, pensar en las cosas que te hacen feliz y pensar en que por mucho que puedan doler, los recuerdos solo son eso, recuerdos.